4/16/07

En el nombre del Espíritu Santo



Me gusta la noche, con su manto de estrellas desplegado por el cielo y esa especie de levitación mental que se entrega suavemente al reposo. Es la recompensa del día, agradecido como el hombre por la existencia del balance universal que contribuye a la armonía de la vida, y también de la muerte, esa a la que se le teme pero que no es más que el tránsito a un nuevo estado de conciencia, de energía, y de evolución espiritual.

Hay noches especiales, como las de Semana Santa. Noches en las que sales a la calle y te paras en una acera a esperar por las procesiones cuando el repiquetear de campanas y redoblantes te llaman y estremecen tu corazón. Noches blancas, no como las de San Petersburgo, pero como las de Andalucía, engalanadas de cirios encendidos, velas tan altas como astas enarboladas por cientos de manos enardecidas, voces de quebranto entonando saetas mientras el silencio, sagrado y solemne, se adueña de las multitudes.

Noche de Jueves Santo. El Cristo del Madero, sobre su humilde trono elevado por hombres y mujeres, algunos descalzos o con ojos vendados como ofrenda a cambio de un milagro, oscila con el vaivén de los pasos y ladea su cabeza martirizada. Las trompetas anuncian el advenimiento de su luz, niños vestidos con túnicas portan candelabros y la Virgen Madre, también en su trono, pero adornado con flores y regiamente vestida, mira a los ojos de sus hijos, extasiados por su belleza iluminada. Mujeres de negro, cubiertas por encajes y mantones, como cada año se entregan a ese caminar a través de la ciudad que concentra sus almas en un mismo latir. Ricos, pobres, alcaldes, comisarios, niños, viejos, jóvenes, sacerdotes, profesionales, gitanos, payos, poetas y artistas, devotos que abren su ser al paso de las procesiones y se dejan invitar por la voz de la reconciliación y el mensaje cada vez más necesario de la paz.

La espiritualidad, condición arraigada al sentir más profundo de los pueblos desde la remota prehistoria, cuando el hombre interpretaba los signos de la naturaleza como símbolos mágicos y los asumía como vía de comunicación con el poder divino, es también quien inspira a reclamar el derecho inalienable a poseer libremente una identidad religiosa que ni siquiera en los países con brutales dictaduras, se ha podido soslayar o reprimir, incluso en las más severas circunstancias históricas. No ha existido gobierno sobre la tierra capaz de extinguirla, aunque se haya intentado. La Fe, su principal aliada, nace y crece dentro del hombre de la misma forma que la semilla plantada en el vientre de una mujer, el agua de los manantiales o el polvo cósmico que eventualmente se convierte en nuevos mundos. No son las catedrales, las sinagogas, las mezquitas, las pagodas, las que desarrollan su demandante instinto, las paredes de la espiritualidad van más allá de cualquier espacio físico o estructura arquitectónica, están en el templo interior del ser humano actuando como soporte fundamental de la subsistencia y el amor a Dios cualquiera que este sea en cada cultura, alimentando de fortaleza nuestros pesimismos y derrotas, y como alegre regalo en los regocijos y victorias.

En los muchos años que he vivido en los Estados Unidos, nunca he dejado de recordar aquellos tiempos de mi infancia cuando en la Semana Santa, el pueblo en masa se volcaba al fervor respetuoso de las celebraciones. Durante los once meses precedentes -al igual que para Navidad y otras fechas religiosas o patrias- en las escuelas e iglesias se preparaban los alumnos y fieles para esta ocasión: los ensayos de las bandas de música, los detalles del desfile, los vestidos de los santos para ser reparados, lavados y almidonados por las mujeres de las congregaciones o la limpieza de los candelabros. Todo un ritual que conllevaba a una especie de cálida solidaridad entre los cientos de voluntarios que contribuían al desarrollo del evento. Aquello quedó atrás y desapareció con el castrismo la magia de tradiciones adquiridas a través de los siglos, heredadas de los conquistadores y de los primeros grupos étnicos que residieron en nuestra tierra, pero en el corazón de cada cubano, de cada emigrante que echó raíces en la isla más hermosa que ojos humanos vieran, siguen estando, imperecederamente, las memorias de una época que marcó el perfil de la nación cubana.

Acá en España, en este Jueves Santo, muy parecido a los de mi pueblo oriental, María Magdalena salió de su pequeña casa andaluza. La ví venir por el pasaje con su andar de niña extraviada. Y se paró allí, detrás de nosotros, con su cara redonda como la luna y una lágrima tibia corriendo por su mejilla al paso de la Virgen y el Cristo del Madero.

Carmen Karin Aldrey, © 2004

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