4/15/07

Meditación frente al Océano Pacífico


Los puertos. Las velas de barcos inalcanzables. Las luces pestañeantes de horizontes acariciados por atardeceres. La imaginación haciendo de las suyas en la batalla de regresos cuando las orillas no son ni siquiera distancias, sino vastas alfombras de melancolía apelmazadas por las memorias.

-“Estoy aquí” -dice una voz perdida en la subconciencia.

Entonces empiezan a llegar en bandadas los solfeos de mi barrio, la cara de Doña Basisa asomada a la ventana de mi niñez, los arpegios de melodías que alguna que otra vez picotean de lejos las migajas de la neurosis nacional.

Me digo que soy de ese pueblito de la Bahía de Nipe en donde ya no crecen los cañaverales, alabándome por permanecer íntegra en esa madeja de telarañas que fue ungida por el terror de adolescencia manipulada. Y me agarro a la tabla de una libertad de expresión que para algo servirá, al menos, frente a este mar que de alguna manera se conecta con El Caribe a través del Canal de Panamá.

-“Estoy aquííííí!” -grita la voz mientras es salpicada por las olas.

Isla mía, no es tu culpa el haber sido la llave por más de cinco siglos. Los hombres te vistieron de andaluza, adornaron tu cuello de lagarto con cuentas africanas cuando Atabey todavía no era una leyenda, te hicieron danzar al ritmo de gaitas, maracas y trompetillas chinas. Te hicieron diferente, hermosa como las diosas que no se pueden describir sin perder el aliento entre palabra y palabra. Naciste, renaciste, volviste a nacer y a renacer. Crecí entre tus faldas de madre soberana cuando los tiempos dejaron de ser azules y el cundeamor de tus balcones dejó de pertenecer a las aves migratorias. Y nadie me lo dijo, ni siquiera los espectros de los mártires, ni siquiera tus catedrales coloniales, tus estatuas de divinidades olímpicas o tus adoquines sitiados por las ruinas. Lo supe yo sola, al abrir mis ojos por primera vez, que tú estabas ante mí, alumbrando caminos que luego se esparcieron por el mundo.

-“Estoy aquí”-me dice la voz otra vez, enconada por las nubes moradas del Pacífico.

Yo agarro la arena que no es tibia, la estrujo pensando en Guarda la Barca y analizo lo triste del no saber a ciencia cierta si algún pescador tuvo que ver con el destino de su nombre.

Los caracoles chocan unos con otros, hacen el ruidito monótono de la creación. Y recuerdo todas aquellas cosas de los paisajes perdidos, los álamos y las uvas caletas, las palmas reales y los manglares, el océano sin límites bañado por desembocaduras y plenilunios, todo como secuencias de una realidad que alguna vez fue mi entorno.

Cuando el sol desaparece del horizonte con su manto de neblina, la voz y yo regresamos sin hablar a la ciudad invadida por las sombras. Y tú, Isla enhiesta sobre el mar de octubre, tierra silenciosa y locuaz de mis memorias, hablas por las dos.


C. K. Aldrey (c) 2004

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